Hola a tod@s, hoy me permito hacer una entrada de dos reseñas a la vez, pues aunque se trata de libros diametralmente opuestos para mí como lectora, no dejan de compartir una serie de características afines. Dichos libros son:

Las doce moradas del viento de Ursula K. Le Guin, RBA editorial.

Las ciudades perdidas de Marte de Leigh Brackett, Los Libros de Barsoom

Son dos antologías de varios cuentos muy representativos de la pluma de sus respectivas autoras.

Ambos libros los leí hace poco tiempo y los elegí como lectura en una época que no sólo ando con demasiado trabajo y poco tiempo libre, sino que además necesito adentrarme en lecturas puramente de evasión. Los dos, cada uno desde su propia naturaleza intrínseca, son libros de género fantástico. En el caso de Las doce moradas del viento es una colección de relatos en su mayoría englobados en el terreno de la ciencia-ficción, si bien algunos son más propiamente fantásticos o incluso oníricos.

Por contra, con el de Leigh Brackett no hay división alguna entre los relatos recopilados. Son todos ellos de ciencia-ficción, más concretamente del subgénero de la space-opera, del que Brackett es emperatriz incomparable. Sí, lo confieso, ella es una de mis autoras favoritas de ciencia-ficción, la primera de la lista. Seguida de Catherine L. Moore, con sus relatos del antihéroe galáctico Northwest Smith (modelo con el que George Lucas daría forma a mi adorado Han Solo). Seguida a su vez de Lois McMaster Bujold, cuya saga de Vorkosigan amo. Y la última dama grandiosa de mis autoras favoritas de ciencia-ficción no es otra que C. J. Cherryh, porque aún sueño con ser una hani y formar parte de la tripulación del Orgullo de Chanur. No es que sólo me gusten escritoras de ciencia-ficción, son muchos los autores que también admiro, pero puesto que esta reseña va de damas, opto en esta ocasión por sólo hacer mención de ellas.

Centrándome en las dos autoras de esta reseña. os quiero hablar un poco de ellas. Es más que probable que de las dos la que os resulte más conocida sea Ursula K. Le Guin, no sólo por ser una autora más moderna, nació en 1929. Frente a Brackett nacida en 1915 y fallecida en 1978, contemporánea de C.L. Moore. La época de Brackett como escritora de éxito, era la época dorada de la ciencia-ficción, un momento donde los relatos de este tipo eran devorados no en forma

 

 de libros, sino en forma de revistas pulp como el maravilloso Austounding Science Fiction. Unas revistas plagadas de ilustraciones y portadas de monstruos imposibles, entusiastas de comer hombres o raptar a sus mujeres, siempre ligeras de ropa. Era la época del asombro, de mil espacios vírgenes sin contaminar, una época en la que podía soñarse con un Marte plagado de extraños seres esperando que viajáramos hasta ellos. En ese caldo de cultivo se desarrollan los relatos llenos de aventura y acción de Brackett, siguiendo la estela de Edgar Rice Burroughs, con su serie marciana de John Carter. Pero el Marte de Brackett es más maravilloso si cabe, plagado de antiguas culturas y criaturas, ciudades malditas, poderosas ciencias (que no magia) desaparecidas… y sobre todo unos protagonistas que son antihéroes, como mi preferido Stark, en lucha continúa con el colonialismo que quiere imponer la Tierra sobre un empobrecido Marte, antaño rico en mil recursos. Y toda esta acción y aventura siempre es acompañada del romance, de las espléndidas y extrañas mujeres que pasean por el moribundo Marte.

 

Siempre disfruto leyendo a Brackett porque sé lo que me van a ofrecer su historias: aventuras épicas con un ritmo cinematográfico y unos antihéroes simpáticos a los que seguir en su periplo. Siempre que leo este tipo de historias me retrotraigo a mi infancia, cuando me enamoraban películas de acción como las de Errol Flyn (así de vieja soy). Es una experiencia nostálgica para mí impagable. Aunque muchos, hoy en día, juzgaran los relatos de Brackett como pueriles y poco originales. Pero si los leemos bajo la lente de la época en la que fueron escritos, valorándolos en su justa medida, quizá la percepción cambie. Para mí, hoy por hoy, son clásicos de la ciencia-ficción, como Drácula es un clásico de la literatura de terror y Sherlock Holmes de la policiaca, por mucho que actualmente sean personajes ya muy trillados.

Como curiosidad, comentaros que Brackett ejerció también de guionista de Hollywood en películas tan reconocidas como El sueño eterno, El Dorado… y posteriormente intervino en la mismísima secuela de Star Wars, El imperio contrataca. Su talento para entretener desplegando una gran imaginación, era innegable.

La narrativa de Ursula K. Le Guin está, a diferencia de Brackett, más influenciada por la fantasía épica clásica, las referencias al gran profesor, Tolkien, son más que notables no sólo en una de sus creaciones más reconocidas, las Historias de Terramar, sino también en cuentos como El poder de los nombre, incluido en la antología que os comento. Dicho cuento es un emotivo homenaje a Tolkien y contiene mucha de su esencia, así como un humor exquisito. Las historias de Le Guin, como producto de una época posterior a la de Brackett, y a su ideales feministas y taoístas, son también más ideológicas y de mayor profundidad psicológica.

He disfrutado y me he emocionado con muchos de los cuentos de esta antología, aunque no con todos. Algunos, para mi entender, eran demasiado intimistas, rozando el mundo onírico personal, lo que me ha hecho no poder captar en ellos mensaje alguno compatible con mi mente lectora.

No puedo ocultar que Le Guin es una autora con una imaginación desbordante y una prosa cuidada, creadora de historias más que originales (La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos…), obras que la hacen merecedora de sus numerosos premios Hugo y Nébula. Y aún con todo, no consigo sentir sus personajes con la misma pasión que los de otros autores, por más que muchos son terriblemente humanos.

En cualquier caso, su antología Las doce moradas del viento es más que recomendable, no sólo porque más de la mitad de sus relatos son pequeñas obras maestras ( El collar de Semley, Abril en Paris, Los Maestros, La Palabra que desliga, El Poder de los nombres, Cosas, Los que se marchan de Omelas, por citar mis favoritos) , sino también por disfrutar de las notas introductorias en cada uno de ellos, propia de la autora. En ellas, Le Guin cuenta, de manera anecdótica, el origen de esos relatos o algo relacionado con su publicación. El sentido del humor y la inteligencia que despliega en esas notas introductorias es fascinante y muy reconfortante de leer como escritora.

Texto: Begoña Pérez Ruiz

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